(Para mi querida madrina).
Una excursión a las montañas en pleno invierno, es deliciosa, ideal: sólo puede comprenderse haciéndola; disfrutar de ese ambiente purísimo, sano; deleitarse corriendo valles, ascendiendo a elevadas cumbres; recorrer anchas y amenas vegas, contemplar espléndidos panoramas!... Todo esto y mucho más que yo no sé decir, aunque sí pensar, hacen las excursiones, dicen las excursiones; ellas dánnos salud, recreo, elevan nuestro espíritu y le acercan a Dios.
Era muy de mañana: aún los primeros rayos de luz no alumbraban la tierra cuando salimos de Mestas (Cangas de Onís).
Mis compañeros de viaje eran animosos. Para ellos todo estaba llano, ni la subida del Troncón, ni el Texu, ni Gamonedo les arredraba; magnífico, había encontrado lo que deseaba: eran los que yo necesitaba porque melindres para subir y recorrer montes, de veras, no los juzgo convenientes.
Después de bien caminar dos horas hicimos el primer alto en el Collau Pereu, sobre Gamonedo: mi barómetro de altura acúsame 460 m. sobre Mestas... ya comienzo a estar en mi elemento.
Sí, mi elemento es el ambiente puro, allá arriba, lejos, lejos de estas pequeñeces del mundo.
Mis socios tomaron un bocado, dan un palo a la burra, como ellos pintorescamente decían, y aunque les envidiaba, no pude acompañarles... eran las ocho de la mañana: cualquiera come a esa hora.
¡Las Maedas! o lo que es igual el coco del turista.
Son largas, largas en verdad, escabrosas, difíciles... pero hay que pasarlas y las pasé con delicia.
Desde ellas divisaba apenas, allá lejos, pueblecitos encantadores: Mestas, bañada de luz y mirándose coqueta en los espejos de sus ríos; Beceña, resbalando, parecía de las sierras; San Martín, Tarano...
Y llegamos a Llanu Cantu.
Pintar la admiración que en mí causó la Vega de Comella, no seríame fácil.
¡Asturias, que escondes en ti tantas hermosuras, yo te bendigo, yo admirote, más y más cada día; sí porque cada día que pasa, voy descubriendo en ti más encantos: tus ríos, tus montes, tus valles, y tus picachos inaccesibles, hácennos levantar nuestro corazón a Dios y, enmudeciendo nuestros labios ante tu belleza y su poder, adorarle mudamente!...
Uno de mis acompañantes, el simpático Diego, desenfunda la gaita y comienza a dejarnos oír los melancólicos y harmoniosos sones de tan asturiano instrumento... ¡Cuánto me hacían soñar en aquellas alturas!
Admiré allí, a 700 metros., el arte de los hombres: verdad que los tragines de la mina quitan poesía a los lugares; verdad que aquellos sitios son más propios para recordar un Canto de Virgilio, o el "Beatus ille, qui proculnegotiis" de Horacio; pero también es cierto que enorgullece el contemplar lo que el trabajo y la constancia pueden conseguir.
Sí, querida madrina, es cierto; yo acordábame de cuando contigo recorría y entrenábame ascendiendo por los abruptos picos de Sueve; es cierto que, aún niño, yo subí contigo los Viscares y el Cureñu, y que, mayor, recorrimos juntos montes y sierras: por esto creí que a nadie mejor que a ti podía dedicar este mi pequeño trabajo.
Llegado que hubimos a Comella, admiré la notabilísima instalación mecánica que la Compañía explotadora de las minas de Buferrera tiene instalada en la dicha amplísima vega.
Multitud de obreros —pasan de doscientos— dedícanse allí a recibir y reexpedir por medio del cable aéreo, los minerales que han de mandarse a Inglaterra. La velocidad media de dicho cable es portentosa, dada la dificultad de la instalación; es de treinta kilómetros por hora.
¡Cuánto deseé hacerme amigo de algún jefe para haber podido gozar de las hermosísimas impresiones que deben experimentarse metiéndose en uno de aquellos calderos! ¿No podré conseguirlo algún día? Confío en que sí.
El Poníu, nuestro guía, avísanos, diciéndonos: "si hemos de subir a Enol, vamos; dicho y hecho: para ganar tiempo encaminámonos por un desfiladero, llamado el "escaleru" que, de veras yo creí inaccesible, con una pendiente de un cincuenta por ciento; subimos por un zig-zag, que más parecía un laberinto...
Allí encuéntrome con un buen amigo, con Pepe Mallada, que sabiendo de mí, fue a buscarme...
Mallada quiere que yo descanse, el Poníu prefiere que subamos hasta Enol; opto por lo segundo y llegamos a Buferrera.
Contemplo entusiasmado, a 900 metros sobre el mar, el incesante ir y venir de las locomotoras aquí; el febril trabajo de infinidad de obreros arrancando en las profundidades de la tierra, rico mineral; allí, y más allá... más allá, veo a Peña-Santa...
De no sé donde, por entre unos peñascales, rotos sin duda en el período terciario, sale el simpático G.F. Baltasar Sienes; con una amabilidad sin igual ofrécenos, no, oblíganos a tomar un refrigerio y a acompañarnos después en nuestra excursión. Subimos la Picota: encontrámonos a mil metros sobre el mar y a orillas del lago Enol... y muy cerca de una riquísima fuente, procurando esquivar los rayos del Sol, comimos ricamente, unos cuantos buenos amigos, el último día del pasado año...
¡Cómo se recrea el espíritu admirando las hermosuras sin cuento que desde allí se descubren!
El lago... en medio de grandes y acantiladas rocas, mueve suave brisa aquellas tranquilas aguas que, en una extensión de más de un kilómetro por medio, nacen a mil metros sobre el mar.
¡Qué lástima que no sea visitado por todos los que visitan a Covadonga, que no sea conocido por todos los asturianos, la mayoría de los cuales se empeña en buscar fuera lo que tiene en casa!...
Porque, sin pasión, ¿dónde podrá encontrarse provincia que más y más variadas hermosuras encierre que nuestra encantadora y querida Asturias?
Mestas, Enero—912.
Fuente: Artículo de Félix F. Blanco, publicado en El Aldeano. Defensor de las Asociaciones Agrícolas, Corao, año I, núm 2, de 15 de marzo de 1912, pp. 1-2. Gentileza del Museo de la cerámica y los relojes Basilio Sobrecueva. |