El aguinaldo, pues, en las ciudades no tiene de particular nada absolutamente: viene a ser una plaga, una lata insoportable que durante cierta época del año le dan a uno a domicilio, en el café, en la calle, y hasta en puntos poco limpios, pues en algún retrete de café se ha visto ya un cepillo con este rótulo: “Diezen timos daginaldo pa quien lasea” ¡Como si cupiera aseo en tales lugares!
Donde la costumbre de pedir el aguinaldo ofrece cuadros interesantísimos y ancho y florido campo para lucirse una pluma es en los pueblos y villas de Asturias.
Mi aspiración quedará cumplida si en ligero y tosco boceto consigo dar una idea de esta costumbre asturiana que, en más hábiles manos, podría servir de asunto para admirable cuadro.
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Grabado de J. Cuevas, publicado en "La Ilustración Gallega y Asturiana".
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Con unos días de anticipación al señalado por la costumbre para pedir el aguinaldo, cada aguilandero, por su cuenta y bajo su responsabilidad, procura adquirir un palo grueso y largo; no se concibe buen aguinaldero sin grande palo y casi puede decirse que forman una sola pieza: es a la vez apoyo, adorno y arma del que le lleva, pues lo mismo sirve para lucirse manejándolo diestramente, que para dar saltos inconcebibles sobre paredes, zanjas y matorrales, que para imitar a los desalmados yangüeses en su odiosa faena con el Ingenioso Hidalgo y compañía.
La víspera del gran día los chicos de cada pueblo, reunidos bajo el viejo nogal de la bolera, deliberan quienes han de figurar en el número de los mayorales, nombre que se da a los mayores, quienes entre los medianos y quienes entre los pequeños. Estos solo van a pedir con el grueso del ejército a las casas más cercanas a la posada, especie de cuartel general donde ha de volver la tropa con las provisiones acaparadas, para correr una juerga infantil cuyos excesos se reducen a coger una indigestión y a beber unos vasos de sidra más de la cuenta.
Del grupo de los mayorales se eligen (excuso decir que esta elección como en las políticas, hay también chanchullos) dos personajes de gran importancia, el caporal, general en jefe de la fuerza y el bolseru, tesorero no siempre fiel a juzgar por los dimes y diretes que circulan por el lugar al día siguiente de la liquidación general de cuentas.
El caporal, cómplice y encubridor a veces del bolseru, suele ser el más arrojado y valiente de la cuadrilla. Para elegirle se atiende mucho a su hoja de servicios que no suele hallarse en ningún archivo, pero en cambio está bien grabada en el recuerdo que todo el lugar conserva de la victoria obtenida en años anteriores y atestiguada con el glorioso trofeo del palo abandonado por los enemigos dispersos y puestos en vergonzosa fuga.
A pesar de su fama, el caporal no toma medida alguna definitiva hasta después de haber oído atentamente los sabios consejos que, apoyado en su muleta, le dio el viejo tíu Pachín, y una vez que se ha hecho bien cargo de ellos, reúne la tropa que en silencio escucha apiñada alrededor de su jefe, dice que antes de nada hay que ir al pueblo X que es el más lejano y el que echa más plantes, traza el plan de campaña para el caso de que no les dejen pedir tranquilamente, arenga a la tropa y, después de dejar acuartelados a los más pequeños, sale el ejército despertando los dormidos ecos de la montaña con gritos, vivas y cánticos belicosos.
Viendo desde el fondo del valle aquel montón de pequeños valientes caminar animosos en pos de su jefe, ya en grupos pintorescos, ya en ordenada fila impuesta por el estrecho sendero que surca el prado, al observar la resolución con que caminan, al oír el atrevido reto que dirigen al enemigo que en frente espera, al ver los reflejos que lanzan los blancos palos heridos por los rayos del sol y al ver por fin aquel puñado de niños ponerse en orden de batalla, preparar la honda antes ceñida a la cintura y arrancar silbidos al viento con piedras lanzadas a distancia inconcebible, salta en la memoria el recuerdo de nuestros heroicos guerrilleros olvidados en la sombra de nuestro glorioso pasado.
Estas batallas, que no tienen otro motivo que la oposición de los de un pueblo a que los de otro pidan en él, suelen ser reñidísimas y dar por resultado alguna cabeza rota. No es difícil ver a los padres y vecinos de los combatientes de ambos bandos, mezclarse en la pelea tomando entonces la lucha mayores proporciones y produciendo a veces funestas consecuencias.
Terminada la batalla vuelven a sus pueblos los combatientes celebrando la victoria con cánticos y saltos, que para sí quisiera el pasiego más pintado, o lamentando la derrota y discutiendo las causas que la han ocasionado y ofreciendo siempre tomar cumplida revancha el año venidero.
Hácese a última hora la recolecta en el pueblo, júntase lo ganado en materias que pueden consumirse, cuéntase el dinero, arréglase la cena, acomódase cada uno como mejor puede, corre en abundancia la sidra, y aquellos que media hora antes parecían engendros del dios de la guerra, parecen ahora lo que son en realidad, tiernos niños corriendo una juerga infantil y perpetrando una costumbre sobre cuyo origen no me atrevo a discurrir.
Con las castañas ganadas se da el domingo siguiente un fornau, al cual se invita a las mozas, que después pagan en la misma moneda, y el resto del dinero, si resto hay, se reparte entre todos. En el reparto se atiende a los servicios que cada uno ha prestado ya como combatiente, ya como cantar (el aguinaldo se pide cantando villancicos) o ya por ambos conceptos.
Tal es en resumen y pintada con pálidos colores la costumbre de pedir el aguinaldo en mi tierra. Arriondas, diciembre 26 del 93.
Fuente: Artículo publicado en El Auseva, Cangas de Onís, núm. 143, de 31 de diciembre de 1893. Gentileza del Museo de la cerámica y los relojes Basilio Sobrecueva. Está escrito en clave política, pues el grupo de aguinalderos debe interpretarse como metáfora de una corporación municipal. Así, el caporal será el alcalde, y el tíu Pachín, el jefe político del partido correspondiente. Grabado de J. Cuevas, publicado en La Ilustración Gallega y Asturiana. |