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Diego Carcedo

Se puede rectificar y acertar en el intento sin necesidad de ser sabio. Desconozco el nivel de sabiduría que acumulan los responsables de Cultura del Gobierno asturiano, pero parece que van a rectificar el proyecto de restauración en marcha de la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, en Cangas de Onís. No tengo dudas de que, si finalmente lo deciden, harán muy bien y acertarán. La obra que se está llevando a cabo en tan valioso recuerdo del pasado, además de costosa -cerca de 400.000 euros- seguramente está cargada de buena voluntad y posibles argumentos arquitectónicos, pero es un error histórico y sin duda estético.

Hace mucho tiempo que se esperaba una obra de restauración a fondo que la preservase a la iglesia de la destrucción a que permaneció predestinada a lo largo de casi cien años, cuando fue construida una nueva en Corao, y le devolviese el valor testimonial, además de artístico, que sus paredes encierran. La restauración, y de paso el reconocimiento de su interés eclipsado siempre por Covadonga, era una exigencia de los expertos y una ilusión de los vecinos de la parroquia, desperdigados por aldeas y caseríos, cuya sensibilidad innata les ha venido legando una tradición centenaria de respeto al lugar.

Pero el resultado de las obras que se hallan en ejecución está frustrando, y casi me atrevería a añadir que indignando, a la gente que no entiende -y debo apresurarme a añadir que yo tampoco- por qué las paredes de piedra descubierta que siempre ha tenido la Iglesia han sido cubiertas ahora con un revoque amarillo para el que no existen precedentes en la arquitectura rural de la comarca y transforma su aspecto tradicional que, ese sí, respondía a la imagen auténtica de las iglesias románicas de los siglos XIII y XIV, entre las que hay que encuadrar su estilo actual, edificado sobre los cimientos de otro templo anterior.

Las protestas pacíficas, a las que se han sumado las firmas de la práctica totalidad de los vecinos, contra semejante adefesio ya se las han adelantado algunos gamberros que estimulados por el enfado general están dejando constancia de su descontento con inscripciones y pintadas entre las que predominan palabras y expresiones gruesas en los muros recién enfoscados. Una iniciativa deplorable pero con el valor anticipatorio de que si no se vuelve a desnudar las paredes, particularmente algunos contrafuertes, y a dejarlas con el aspecto que tenían, la nueva imagen exterior estará predestinada a ser un vertedero de graffitis donde los visitantes más desconsiderados irán volcando su enfado.

Hasta ahora, los trabajos se han concentrado en el exterior, seguramente para anticiparse al mal tiempo invernal. Dentro aguardan para después, por fortuna ya no a la intemperie en que estuvieron en el pasado, valiosas pinturas mal conservadas que urge recuperar, la tumba que guarda los restos de Frasinelli, el llamado Alemán de Corao, arquitecto de la basílica de Covadonga, y lo que es más importante, las lápidas bajo las cuales se asegura que fueron enterrados, y así lo atestiguan las inscripciones, el rey don Pelayo y su esposa, Gaudiosa.

Los restos fueron trasladados a Covadonga donde en tiempos pasados se intentó monopolizar los recuerdos de los primeros tiempos de la Reconquista. Ese afán de acaparamiento y de vincular lo que es historia a lo que es tradición religiosa ha sido nefasto para el recuerdo. Nadie propicio, más bien al contrario, la conservación de lugares de interés que hoy constituirían una ruta muy interesante sobre lo ocurrido en aquellos años. Sólo queda algún monumento, como la iglesia de Abamia, junto a tradiciones orales relativamente creíbles que señalan lugares como el paraje en que un oso mató a Favila e incluso una casa en la aldea de El Cueto en que los lugareños creen que fue la residencia de don Pelayo. Abamia es el testimonio más importante que sobrevive y, como recordaba el joven historiador local Jaime Rodríguez, a la vez el más damnificado.