A la sombra de un tejo se disuelven la vida, la existencia, las palabras.
Harto de sus paisajes inventados, Gato quiso quedarse allí, perderse bajo la sombra misteriosa y dura de aquel árbol, testigo celta y mudo de prodigios, hazañas y esperanzas; junto al templo de Abamia donde el tiempo deja de ser feliz para ser nada; donde las lagartijas atesoran el sol en escondrijos milenarios, donde el valle se dobla de nostalgia recordando batallas y conjuros.
Pero llegaban coches, gentes, ruido, el tejo había olvidado su función redentora, su casta de guerrero, la pasión por los arcos y las pócimas, la caricia secreta del drüida, el mozárabe rito de los monjes en el templo de la valiente Eulalia.
No hubo nada que hacer, Gato volvió sobre sus pasos sin mirar atrás.
Enrique Gracia Trinidad Sin noticias de Gato de Ursaria, III Premio Emilio Alarcos, Madrid, Visor Libros, 2005, p. 30.
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