De esta suerte permanece Covadonga, en soledad mas no en olvido, cercada de nieves en invierno, de arroyos y cascadas en primavera, en Setiembre de festivos grupos y fogatas y danzas de romeros, y en todas estaciones visitada, ya de sencillos devotos, ya de curiosos viajeros, como cuna de la monarquía española y sepulcro de su ilustre fundador. Sólo Abamia le disputa esta segunda gloria, Abamia parroquia pequeña situada en un alto, a la mitad del camino de Covadonga a Cangas, internándose en los cerros de la derecha, encima del pueblecillo de Corao conocido también por sus lápidas romanas (1). La iglesia, titulada aún de Santa Eulalia, bien que trocado ya el nombre de Velamio que le atribuye el obispo Sebastián, conserva a pesar de su renovación indicios de antigüedad evidentes en su planta y estructura; pero los sepulcros que en dos nichos bajos se muestran de Pelayo y de su consorte, el uno con espada esculpida en la cubierta, el otro con el moderno epitafio de Gaudiosa, es fama haber quedado vacíos desde cierta traslación cuya época no puede fijarse. En la portada lateral del templo, que es la más antigua aunque ya del siglo XII, pues la otra de arco ojivo pertenece a últimos del XV, dominaron al rudo artífice sombríos pensamientos: grotescas y misteriosas figuras, dragones, almas en pena metidas en calderos entre las llamas, resaltan en el arquivolto semicircular; y en los capiteles de las dobles columnas que lo sostienen, obsérvase a la derecha un personaje tirado de los cabellos por un diablo, que representa a los ojos del vulgo el suplicio eterno del traidor D. Opas. Así la tradición popular, siguiendo los justicieros fallos del Altísimo, distribuye a los finados sus castigos y recompensas en la execración o en la gratitud con que acompaña la memoria de ellos, perpetuando a par de la gloria del leal caudillo la ignominia del sacrílego prelado.
(1) Más de veinte, dice Morales, que habían conocido los ancianos del lugar, la mayor parte consumidas en edificios, pero en su tiempo no quedaban de ellas sino tres que en su Crónica transcribe, todas ellas sepulcrales. La una dice: P. Enti Flavi. Vic... eris. F. Vad. an. XXX. pater ei promer. posuit. Jovellanos copió otra en esta forma: M. Fusc. Cabed. Ambati F. Vadiniensis H. S. E. En el gabinete de antigüedades del señor Cortés, vecino de Cangas de Onís, vimos dos de estas lápidas extraídas de Corao, y leímos lo siguiente: D. M. M.- Ter. Bod. Va.. pos. mat. sue car..... rec. (recessit) ae. ann. XXCI a cos. CCCXXIIX.- T. L.=M.-Cassio Coroves cum.. vi. fil. Vadiniensi.. XXXV suo. En Santo Tomás de Collía a cinco cuartos de legua de Cangas se halló otra en la cual sólo se entiende el nombre Boviicio Bodecii civi. Tirso de Avilés en sus manuscritos trae otras varias por el estilo. De todo esto conjetura Morales que la furia de la guerra con Augusto fue hacia Covadonga, y que la memoria de la resistencia de los astures condujo a Pelayo a buscar el mismo asilo; pero además de no convenir el sitio con las indicaciones de los historiadores antiguos, dichas lápidas, cuyos nombres propios y gentilicios son bastante análogos a los de las tablas de confederación que más arriba citamos, arguyen en los naturales costumbres ya romanas, y pertenecen sin duda al siglo I o II de la era cristiana.
Fuente: Asturias y León, Barcelona, Daniel Cortezo y Cía, 1885, pp. 37-38. |