La iglesia de Abamia, Abelamio (Albeldense), Belamio (Sebastián de Salamanca), Pamia (Morales), bien merece que se le dediquen algunas líneas, con tanta más razón cuanto que se encuentra en inminente peligro de convertirse en un montón de ruinas (Nota: Hace muchos años que se viene gestionando para obtener del Gobierno recursos para evitar la completa ruina del histórico monumento; pero hasta ahora nada se ha adelantado, y por sus trazas, así continuaremos hasta que... sobrevenga la catástrofe.)
Para su descripción tomaremos lo más saliente de un erudito artículo publicado en un periódico de la localidad (Nota: El Sella, 11 de octubre de 1885, firmado por L. G. C. [Leandro García Ceñal].)
"Se halla situada esta antigua iglesia a poco más de una legua de Cangas de Onís, no lejos de Covadonga, aunque algo separada hacia la izquierda, en una altura inmediata a Corao. |
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Fotografía publicada en el "Asturias", de Octavio Bellmunt y Fermin Canella.
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Sobre la fundación del templo de Santa Eulalia de Abamia corren distintas versiones entre los eruditos; hay quien la atribuye al mismo D. Pelayo; hay quien piensa que este caudillo no hizo más que restaurarle y engrandecerle; pero ninguno le considera de fecha posterior a los comienzos de la reconquista, antigüedad de que aún muestra claros indicios en la estructura y en la forma, no obstante las grandes renovaciones que experimentó.
Sus anchos sillares, dice un ilustrado escritor describiendo el exterior de la iglesia, pintados de color pardo, por la mano del tiempo, y el severo gusto bizantino que a despecho de los siglos ostenta este histórico edificio, le dan el más venerable aspecto.
Una rara cornisa, formada por cabezas de hombres, de dragones y tarascas, circuye toda la parte superior, y varios estribos altos y fuertes, lejos de afearle, le prestan fortaleza y majestad. La portada antigua es también notabilísima, y está ornada con un tosquísimo bajorelieve de forma semicircular, que representa, a nuestro modo de ver, el infierno (Nota: Parécenos que la parte derecha representa la muerte del justo, y la izquierda la muerte del pecador), pues se ven en él varios diablos; uno de ellos, que sostiene una caldera dentro de la que se ve la cabeza de un hombre y por bajo de la que hay una hoguera; otro diablo arrastra a otro condenado por los cabellos, para precipitarle en los abismos eternos, etc., etc. La tradición del país refiere que este bajorelieve fue mandado ejecutar por Pelayo, en memoria de la muerte del traidor D. Opas, a quien, como hemos dicho, suponen arrebatado por los demonios en el momento de empezar la batalla de Covadonga".
Es de lamentar que el interior del santuario haya sido renovado y blanqueado en época moderna, porque esto le hizo perder mucho de su clásica belleza. No obstante, llama desde luego la atención un gran bajorelieve situado en lo alto del retablo del altar mayor, que representa la batalla de Covadonga; y sobre todo, los sepulcros de D. Pelayo y su mujer D.ª Gaudiosa, colocados respectivamente al lado del Evangelio y de la Epístola (Nota: El sepulcro de D. Pelayo está a la derecha en el altar de San Antonio. El de la Reina a la izquierda, en el altar de Nuestra Señora del Rosario. La inscripción del sepulcro de D.ª Gaudiosa es la siguiente: Heic Iacet R.ª Gaudiosa Uxor R.s Pelagii. Todo hace suponer que los restos de la Reina están en el lucillo, pues no hay noticias que se trasladasen a Covadonga. Sin embargo, en contrahecho epitafio del siglo XVII de la Cueva se lee: "Aquí yaze el Señor Rey Don Pelaío elleto el ano de 716 que en esta milagrosa cueba comenzo la restauracion de españa benzidos los moros; falleció año 737 y le acompañan su muger y ermana"). Uno y otro sepulcro son de piedra, toscamente labrada, y casi del mismo ancho y altura, distinguiéndose el del rey por una espada que tiene esculpida en la cubierta, y el de su consorte por una inscripción, al parecer bastante reciente.
En un principio ambos lucillos estaban fuera de la iglesia y arrimados a ella conforme a la antigua costumbre; mas hoy, por efecto de haberse ensanchado el templo, los dos están comprendidos dentro de él.
Dichos sepulcros se hallan actualmente vacíos, pues es sabido que los restos de D. Pelayo descansan ahora en Covadonga, sin que sea dable determinar con precisión la época en que se trasladaron. Sin embargo, puede asegurarse que es errónea la opinión de los que creen que la traslación se verificó en tiempo de D. Alfonso el Casto, porque el Obispo de Oviedo, D. Pelayo, que vivió y escribió en tiempo de Alfonso VI, y que por ser muy conocedor de la historia y de las cosas de nuestro país merece en esto entero crédito, afirma que el rey de su mismo nombre está enterrado en Santa Eulalia de Abamia. De aquí se deduce que la traslación tuvo que verificarse en fecha posterior, acaso en el reinado de Fernando III el Santo, siendo Gobernador de la provincia su hijo don Alonso el Sabio.
Después de la derrota de Guadalete, la Iglesia de Abamia sirvió de asilo a varios monjes que, hacia el año 737, fundaron allí una congregación religiosa bajo la regla de San Benito.
Más tarde (802) fue encerrado en dicha iglesia, según refiere la Crónica de Albelda, D. Alfonso II el Casto por los magnates de Asturias que se sublevaron contra él y le destronaron, celosos de su alianza y tratos con Carlo Magno, permaneciendo allí durante un espacio de tiempo que se ignora, hasta que un noble godo, llamado Theudia, poniéndose al frente de los parciales que le quedaban, le devolvió la libertad y el trono.
Estos hechos, aparte de otros datos que sería prolijo enumerar, demuestran, en mi humilde sentir, que Abamia, mejor que un simple templo parroquial, era entonces uno de esos edificios tan comunes en la edad media, mezcla de monasterio y fortaleza, pues solo así se comprende que, a la vez que pudiera establecerse en él una corporación religiosa, pudiera también servir de prisión a un rey que, por las condiciones de su personas y numerosos parciales, necesitaba ser guardado en lugar firme y seguro.
Claro está que, andando los años, hubo de sufrir el edificio grandes transformaciones, llegando a perder tan singular carácter, mas no por eso deja de ser hoy mismo un monumento artístico e histórico de raro mérito y valía. Al fin y al cabo siempre se podrá decir, hablando de D. Pelayo, que si Covadonga fue el teatro principal de sus victorias, y Cangas de Onís su corte, Abamia fue su residencia y su sepultura."
Fuente: Cangas de Onís, en "Asturias", de Octavio Bellmunt y Traver y Fermín Canella y Secades, Gijón, Fototip. y Tip. de O. Bellmunt, 1897, pp. 18-20. |