Muchos admiradores de Asturias y a la vez aficionados o profesionales de la arqueología y del arte estamos siguiendo desde lejos los problemas surgidos durante y después de la restauración (que no conservación) de la venerable iglesia de Santa Eulalia de Abamia, en Cangas de Onís; y algunos, además, con bastante preocupación.
Cangas es la misma «in Canicas» donde las viejas crónicas nos dicen que el rey Pelayo ubicó la primera sede del «Asturum regnum» (no creo en el muy habitual «Asturorum»). Y Santa Eulalia, la iglesia donde durante seis siglos (desde 737 d.C.) descansarían los restos de la real pareja, hasta su traslado a Covadonga por Alfonso X. Ya sólo por ambas circunstancias podríamos entender Abamia como un patrimonio de todos, no sólo de los asturianos, y a esa benevolencia me acojo al escribir estas palabras.
En consonancia con lo brevemente dicho, y con su condición de monumento histórico artístico desde 1962, estamos ante un edificio y un entorno dignos de la mayor atención y cuidado en todo lo que concierna a su correcta preservación, para el presente y para el futuro, del que también somos responsables. Y me refiero al entorno, porque, además de ser muy bello, la iglesia se erigió, como es frecuente en los espacios de sacralización reiterada, en una zona dolménica mucho más antigua (desgraciadamente ya extinta) y sobre una necrópolis romana con estelas, según nos informaron Ambrosio de Morales en 1575 y el diligente Roberto Frasinelli en el siglo XIX. Sospecho incluso que el topónimo de Sancta Eulalia in Uedammio pueda esconder una especie de «capitalidad» de los astures vadinienses. Escribiendo entre ustedes, sería redundante una mayor presentación del edificio.
No hay duda de que la iglesia necesitaba urgentes trabajos de conservación. La propia Asociación Cultural «Abamia» (en cuyo portal de internet, abamia.net, puede uno documentarse perfectamente), en un manifiesto de 2005, puso el dedo en esta llaga del patrimonio asturiano. Escuchada su llamada de atención por las instituciones culturales del Principado, el resultado final, sin embargo, puede calificarse de muy frustrante, y se entienden bien sus presentes quejas. Cuando se comparan las fotos del «antes» y el «después» de la iglesia (hay una espléndida serie de ellas en http://www.flickr.com/photos/elenaguti/), no puede uno menos que echarse ambas manos a la cabeza y preguntarse si no habrá ahora que abrir un capítulo en los manuales de arte para este nuevo «Románico amarillo» que (a juzgar por distintas informaciones de prensa) amenaza con extenderse, si las autoridades no lo remedian, a otra treintena de monumentos medievales de Asturias.
Nada hay más chocante con la tradición y la imagen del arte asturiano que ese ocre, casi albero andaluz, con el que se ha recubierto completamente Santa Eulalia (y quitar el de los contrafuertes no mejorará mucho el problema), por no mencionar las escandalosas tejas rosas, con su cementado bien repintado de rojo, o la agresión a los tejos que acompañan hace siglos a la iglesia (lamentablemente, también dañados durante los recientes trabajos), unos árboles que aquí jugaban, como en toda la cornisa cantábrica, un papel esencial en los entornos sacros. No entro en más detalles por no abusar del espacio posible en el diario, pero esta «Abamia amarilla» hace daño a la vista y a cualquier sensibilidad estética.
Se ha producido aquí un enfrentamiento entre dos maneras de entender las intervenciones sobre monumentos antiguos. Ambas fueron encarnadas ya en la segunda mitad del XIX por el francés Viollet-Le-Duc (1854: «Restaurar significa re-establecer el edificio a su estado... obtener su forma prístina») y el británico John Ruskin (1880: «La mayor gloria de un edificio no está en sus piedras... Su gloria reside en su edad... una restauración es la máxima destrucción que puede sufrir un edificio antiguo...»). Naturalmente, ambas posiciones metódicas tenían algo de extremas, y durante el siglo XX los expertos han llegado a un consenso. Que no fue exactamente el intermedio, puesto que se inclinaron más del lado de Ruskin: intervenir lo menos posible, garantizando la conservación. La actividad restauradora debe hacer más hincapié en la conservación que en la restauración.
En esta línea se movieron la «Carta de Atenas» de 1931, la «Teoría del restauro» de C. Brandi (1963), la «Carta de Venecia» de 1964, la «Carta del restauro» de 1972, o la «Carta europea» de 1975. Así pues, durante el siglo XX el criterio más conservacionista que restaurador ha sido ampliamente respaldado por los expertos internacionales. De ahí también el reciente escándalo del penosamente reconstruido teatro (ex) romano de Sagunto.
Las bellas pátinas doradas de las piedras vistas típicas del asturiense y del asturiano sólo se consiguen tras muchos siglos de permanencia. La pérdida del posible enfoscado original, como el proceso paulatino de deterioro, explica y forma parte también de «la ruina», es también su historia. No parece correcto borrar el efecto -simplemente irrepetible- de los doce siglos que han pasado sobre Abamia estucándola indiscriminadamente.
Al parecer, ambos criterios (el restablecimiento y el estucado ocre) se deben al del experto asesor don Jesús Puras, por el que manifiesto todo respeto personal, pero con el cual estoy en completo desacuerdo cuando, hace unos días, dijo: «Estéticamente, a mí tampoco me gusta el color, pero es el que tuvo y, si somos rigurosos, hay que restaurar el edificio como estuvo concebido». Pero precisamente no hay por qué. Y pondré de ello un ejemplo que cualquier lector comprenderá en seguida. Hoy sabemos que tanto a los griegos como a los romanos les fascinaba el colorido, y que originariamente tanto arquitecturas como esculturas en mármol blanco eran luego pintadas con unos rojos, azules, verdes y amarillos que hoy calificaríamos de chillones. En 2003-2004 tuvo lugar en Roma una exposición de título «I colori del bianco. Mille anni di colore nella scultura antica». Allí se experimentó visualmente sobre cómo habían sido en origen varias famosas esculturas antiguas, pintando copias del Augusto de Prima Porta, del arquero de Egina y otras muchas. Puede verse aquí el chocante resultado: http://mv. vatican.va/2_IT/pages/z-Info/News/News-2004-11-17-03.html. Pero no se siguió de ese conocimiento que debiera irse más allá. Es un tema curioso, informativo, que en Abamia se podría explicar al visitante con unas reproducciones virtuales. Aunque contemos con los estudios pertinentes, no sería «riguroso» repintar hoy las más venerables esculturas de la Antigüedad sólo porque «fue así como estuvieron concebidas».
La conclusión es obvia: lo que nadie haría hoy con los frisos del Partenón o con la Venus de Milo (colocarle un par de prótesis), lo que no se ha hecho con Santa María del Naranco o con San Miguel de Lillo, no puede ser hecho, o permanecer, en Santa Eulalia de Abamia. Y no sólo por un simple instinto estético (muy razonable, por otro lado) de los vecinos del lugar o de muchos asturianos, sino porque tampoco van por ahí los criterios internacionales de los expertos en el tema.
Alicia M. Canto. Departamento de Arqueología, Universidad Autónoma de Madrid. |